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PRIMER PREMIO DE PROSA DEL PRIMER CICLO DE ESO
CONVERSACIÓN CON SU CONCIENCIA Elisa Campos Gálvez 1ºA E.S.O.
Sentado frente a una mesa en una silla de mimbre, un hombre, con aspecto descuidado, sostenía un cigarro apagado bajo el flexo, sitiado a un lado de la mesa, encima de esta había varios papeles desordenados y en su mano, un sobre, que contenían unos resultados médicos. El hombre cogió un mechero de su bolsillo, y se dispuso a encender el cigarro, finalmente, después de mucho meditarlo, pulso el botón del encendedor y el cigarrillo se encendió, volvió a colocarlo de bajo del flexo y admiró el humo reflejado en la luz. Pensativo, sin decir ni hacer nada, hizo un amago de grito, pero ninguna palabra salió de su boca. Recogió el sobre, que anteriormente tenía en la mano, lo había dejado para encender el cigarrillo y con sus manos arrugadas y llenas de manchas quitó la tira de pegamento y saco los resultados; comenzó a leerlo y mientras iba leyendo cada palabra de aquellos informes el estomago se le iba estrujando y el corazón cada vez le latía más deprisa. Cuando hubo terminado apiló rápida y descuidadamente los papeles, sacó del cajón de la mesa su pluma. Era un modelo clásico, que su mujer haciendo un gran esfuerzo pudo regalarle en una época de vacas flacas. Hace más de quince años había comenzado una novela, pero para su mala suerte no lograba encontrar el final apropiado, uno que pudiera enganchar al lector, que para su desgracia posiblemente solo iba a ser su mujer y la única hija con la que se hablaba desde que empezó a escribir la novela, ya que se cegó en sus personajes y no quería ver más allá de ellos. Él siempre había sido un buen escritor en todos los sentidos y campos literarios pero este libro le cerraba la mente al exterior. Levantó la vista y de nuevo admiro el humo reflejado en la luz, tenía un color grisáceo parecido al de su pelo y a la barba de tres días, tres días llevaba allí metido con los informes en la mano izquierda y el cigarro apagado en la derecha bajo el flexo . Su mujer y su hija no sabían nada de los resultados de los informes, pero se temían lo peor, porque no se suelen pasar tres días metido en una habitación, sin salir, sin hablar, y apenas sin comer. El hombre comenzó a reflexionar sobre varias cosas, las ideas en su cabeza rebosaban y ninguna de ellas estaba del todo clara, demasiadas a la vez, quería quitarse de la cabeza algunos de sus pensamientos para centrarse en los verdaderamente importantes pero le resultaba imposible. El pensamiento que más le pesaba empezó a rebotarle en el interior de su cabeza, reflexionaba sobre el tiempo transcurrido en el hospital, sobre su recaída, pensaba en los resultados obtenidos y en el bien y mal al mismo tiempo que había hecho en decirles a su mujer y a su hija que no le fueran a recogerle al hospital, ahora se avecinaba el momento más difícil de su vida, el momento en el que tenia que comunicar el contenido de los informes. Pero otro pensamiento se le atravesó, sus hijos, tres chicos maravillosos, habían sido buenos, era él el fallo de aquel error garrafal, no había sido un buen padre, y cuando empezó a escribir su libro dejó de ser un padre, dejó de ser un marido, un amigo, e incluso un escritor. Como acto reflejo cogió el teléfono marco el número de uno de ellos, pero al oír la voz de su hijo, aquel chaval con el que había convivido durante tantos años, colgó. No supo decir nada, él, un hombre con un vocabulario tan rico como el que tenía, no supo que expresarle a su hijo después de tantos años. Se levantó de la silla de mimbre y se dirigió a una biblioteca situada en frente de una cama a medio hacer. La biblioteca rebosaba de libros de todos los temas, sacó uno de tapas desgastadas, tenían un color verduzco y un título en dorado, lentamente fue pasando las páginas una a una, casi al final en la página ochenta y nueve saco un papel arrugado y roto por las esquinas, se trataba de una carta escrita por él, nunca llegó a enviarla. Su destinatario, jamás supo que iba dirigida a el, empezó a leerla y en la tercera línea una lágrima resbalaba por su mejilla, se llevó la carta al pecho, pensó que era un cobarde por no haberse atrevido a enviarla, iba dirigida a su padre, estuvieron más de treinta años sin hablarse, le había pasado lo mismo que con sus hijos, había perdido a lo más valioso, y se daba cuenta ahora, demasiado tarde para volver atrás. En cambio su hija se había quedado allí apoyando a su madre, para no dejarla sola ante su padre, ella era distinta a sus hermanos en ese aspecto, con el tiempo había aprendido a llevarle y a soportar su borde modo de tratar a las personas supuestamente queridas. Volvió a meter la carta en el libro, que a continuación depositó en la biblioteca, se sentó en la cama y pensó en lo que echaba de menos a su padre. Recorrió la habitación muy lentamente pensando en un futuro cercano, pensó en su libro, más bien en su final, cómo sería o cómo debería ser; una idea se le vino a la cabeza en aquel momento, seguía allí flotando en el aire como el resto, ahora necesitaba redactarla, debía ser de una manera formal y atractiva para su mujer y su hija. Se sentó en la mesa, agarró la pluma con firmeza y comenzó a escribir, cuando llevaba la mitad de la página suspiró, arrancó la hoja, la arrugó y calló al suelo junto otro montón de papeles igualmente arrugados. Observó de nuevo el humo del cigarro como si el le fuera a revelar la respuesta de todas sus dudas sobre los actos de sus personajes, el humo parecía atraído por la luz del flexo, el cigarro se encontraba en un cenicero negro en el cual resaltaba más la existencia de este. Cogió uno de los papeles de los informes, pero no se atrevió a leerlo, en ese momento llamaron a la puerta, agarro el sobre con los resultados y los metió en el cajón, se abrió la puerta, era una chica de mediana edad, que con un gran esfuerzo, esquivó el tono borde de su padre cuando al verla, se acercó a la mesa y deposito un vaso de leche, salió de la habitación, después de dirigirle a su padre una mirada desagradable. Le entraron ganas de llorar al ver a su hija mirándole de esa manera, pero no tenía ganas ni fuerzas para hacerlo. Sacó del cajón los resultados, y los volvió a dejar encima de la mesa, con la mano derecha hizo un gran esfuerzo para levantar el vaso, la mano le temblaba, quizás si hubiera estado de pie, habría derramando algo del contenido del vaso, comenzó a beber y al saborear la leche, se dio cuenta de que algo tenía disuelto en ella, una medicina un veneno… pensó en todo tipo de sustancia, pero mientras pensaba se fue bebiendo el vaso inconscientemente. Cogió un trozo de papel y comenzó a escribir: Querida hija: He terminado mi libro, después de tanto tiempo, no pretendo que lo leas únicamente el final donde he escrito el resultado de los análisis. Este libro es mi autobiografía, que después de tantos años, ha llegado a su final, no esperado por mi pero los resultados me han revelado como finalizar mi historia, te repito que no pretendo que la leas, pero por favor que lo hagan tus hermanos, es lo único que te pido. He dado vida a centenares de personajes y ahora ellos me la quitan a mí… Cuando leas el final, por favor léelo en voz alta, en mi presencia. Te quiere papá. La chica entro en el cuarto para recoger el vaso de leche, el hombre extendió la mano y le entregó la carta, que comenzó a leer muy despacio, esperando encontrar los resultados. Se tiró a la mesa y cogió la última página del grueso libro, comenzó a leer: Cuando salí del hospital, solo, me dirigí a mi casa, una vez en ella, sin decir nada, me encerré en mi despacho durante tres días, hasta hoy que al ver la fría mirada de mi hija, pensé en el mal que le he causado, también pensé en mis hijos pero al llamar a uno de ellos, al oír su voz colgué sin saber que decir. Le he escrito una carta a mi hija, porque soy un cobarde porque no me atreví a mandarle la carta a mi padre, ni a hablar con mis hijos, ni a decirle a la cara a mi hija todo lo que le he tenido que expresar mediante un papel arrugado. En la carta la pedía como última cosa que leyera mi final en voz alta, y en mi presencia, y ahora mientras yo me fumo mi último cigarro ella se entera que mi vida se apaga con un cáncer de pulmón.
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