SEGUNDO PREMIO
DE PROSA DEL SEGUNDO CICLO DE ESO
Y
BACHILLERATO
LA OSCURIDAD
Sandra Moreno Díaz 4ºB E.S.O.
La oscuridad. No entiendo
a las personas que la temen, creo que podemos llegar a ver cosas mucho peores
manteniendo nuestros ojos abiertos: masacre, hambre, guerra... La oscuridad, el
lugar idóneo para pensar…
Me llamo María, y ahora mismo me encuentro tumbada boca arriba en mi cama. No me
gusta demasiado describirme, además no tengo ningún rasgo llamativo ni fuera de
lo normal, tan solo dos son las características que debo nombrar de manera
imprescindible sobre mi persona. Una de ellas es que soy ciega. No tenéis porqué
sentir lástima de mí. Al principio me costó afrontarlo, fue duro, pero ahora…
Como decía, estoy tumbada boca arriba en mi cama, con los ojos cerrados para
pensar. Ya lo sé, soy ciega y me da igual tenerlos cerrados o abiertos, pero a
mí me gusta cerrarlos porque de esta manera mi concentración es mayor. El único
sonido que escucho es el de mi propia respiración, y eso me relaja porque se
produce de manera rítmica… aunque sinceramente hace tiempo que dejé de prestarle
atención a mi respiración… Lo que ocupa mi pensamiento es otra cosa.
Hace mucho tiempo que sufro de esta ceguera. Antes de padecerla yo era una chica
que iba al instituto, salía con mis amigos y los domingos, aunque muchos de
ellos a regañadientes, iba con mis padres al cine o a dar un paseo por el
retiro. He de decir que era despreocupada, quizá demasiado. El mundo que me
rodeaba era literalmente el mundo que me rodeaba, no el mío propio, que se
basaba en sacar buenas notas, ser amiga de mis amigos y en mi familia. Hasta tal
extremo llegaba mi despreocupación, que cuando comencé a perder la vista no le
di importancia…¡y cuánto me he llegado a arrepentir de esto! Muchas veces he
pensado que si me hubiera alarmado, o se lo hubiera comentado a mis padres, el
desastre se podría haber evitado… en cualquier caso lo hecho, hecho está.
Os contaré como ocurrió. En clase no era una chica que armara escándalo ni mucho
menos, por lo que mi situación solía ser la de la última fila. Esto me encantaba
porque desde ahí podía ver todos y cada uno de los movimientos de cualquier
persona. Normalmente los profesores no utilizan en excesivo la pizarra, porque
ya somos mayorcitos para coger apuntes de oído, pero en clases puntuales sí que
se usaba, como lo era en la de matemáticas. Así es como me di cuenta de mi
pérdida de visión, y es que para mí los números que el profesor trazaba no eran
más que borrones sin sentido, pero como ya he dicho era muy despreocupada, y no
le di importancia…¿para qué estaba el compañero de al lado? Constantemente le
pedía su cuaderno para copiar lo que el profesor escribía, pero pronto me di
cuenta de que eso era un retraso para César, que era el chico con el que
compartía la privilegiada fila de atrás. Por esto y muy a mi pesar, pedí al
tutor que me colocara en primera fila, hasta que estuvieran listas mis gafas.
Como podéis imaginar, las gafas no estuvieron listas nunca.
Aunque aún no era una persona ciega, mi vida comenzó a cambiar. Cada vez que mis
amigos iban al cine, yo me inventaba alguna excusa para no acompañarles, porque
no veía más que siluetas que se movían de un lado a otro, y terminaba por
marearme.
Lo que más me gustaba por aquel entonces era tumbarme en mi cama boca arriba,
tal como estoy ahora y cerrar los ojos. Me encanta la oscuridad, envuelta en
ella me siento bien, odio la luz, y sobretodo los resplandores que tanto me
aturdían… Un resplandor fue la causa de mi ceguera definitiva.
Sinceramente fue algo muy extraño, y por eso hasta el día de hoy me he dedicado
a conseguir dar con una explicación. Iba por la calle yo sola, porque me había
bajado a dar una vuelta. Estaba muy aburrida en mi casa, porque lo único que se
hacía era estar pendiente del televisor. Estaba sucediendo un acontecimiento
importante, creo recordar que unas elecciones o algo así… Cuando caminaba por la
solitaria calle, me dio la sensación de que todas las personas del mundo entero
estaban en sus casas con sus miradas fijas en el televisor. Era invierno, sí,
pero normalmente a esas horas de la noche te encontrabas con una alguien que
sacaba a pasear a su perro o, que como a mí, le apetecía dar un paseo. Mi visión
ya era prácticamente nula, de hecho ya tenía hora para el oftalmólogo porque mi
madre se había empezado a preocupar, pero a pesar de ello me movía como si fuera
una persona completamente vidente, y es que además de poseer un muy buen sentido
de la orientación, conocía esa calle como la palma de mi mano. Allí jugaba y
correteaba desde mi infancia, y me arriesgo a decir que una persona que no me
conociera y me viera en ese momento, no pensaría en ningún momento en mi
realidad, en que me movía en una parcial y casi total oscuridad.
Así que ahí estaba yo, sola y en un paseo nocturno cuando de pronto presencié un
destello de una intensidad inimaginable. Aunque no duró mucho más de diez
segundos, me dio tiempo a pensar cuál podía ser su origen. Al principio evalué
la posibilidad de que fueran los faros de un coche, pero rápidamente la deseché.
Si hubiera sido un coche, habría escuchado el rugir de su motor… no, no era un
coche. Después pensé en que algún amigo o amiga mía estaba gastándome una broma,
enfocándome con una linterna a la cara. Juan, quizás, que era muy bromista. Pero
también le habría escuchado, y además era una luz demasiado potente como para
proceder de una simple linterna… no, tampoco podía ser una linterna. Un
cosquilleo avanzaba por mi cuerpo, como si de una fila de intrépidas hormigas se
tratase. Empezaba a inquietarme, a sentir…miedo. Coloqué mi mano derecha sobre
mi rostro y entrecerré los ojos, porque la luz comenzaba a serme realmente
molesta, pero para entonces el resplandor ya había cesado. Con los ojos todavía
cerrados, suspiré de una manera tan profunda que sentí que mi cuerpo se había
vaciado hasta de pensamientos. Pero no fue así, ya que pronto rememoré lo que
acababa de acontecer y, al abrir los ojos, pude descubrir cual había sido la
consecuencia de todo aquello. La oscuridad era tal que me era igual tener los
ojos cerrados o mantenerlos abiertos. Me había quedado ciega.
Al principio pensé que sólo sería algo momentáneo, provocado por el
aturdimiento. Me senté en un banco cercano y esperé unos minutos, pero
continuaba sin ver absolutamente nada. Mi nerviosismo fue en aumento, y como si
se tratara de un acto reflejo, eché a andar a ninguna parte. Recuerdo que a
veces me parecía ver personas u objetos, pero nada era cierto. Mi mente deseaba
ver, y por ello imaginaba cosas, como la persona sedienta que recorre un
desierto y le parece ver en la lejanía un oasis que desaparece a medida que se
va acercando.
Sin saber cómo, llegué a mi casa, y allí intenté explicarle a mi familia lo que
me había ocurrido. No me centré excesivamente en el resplandor, puesto que
estaba segura de que no me creerían, y simplemente dije que tras un gran
destello quedé invidente. Mis padres me aconsejaron que me tranquilizara, y
pretendieron adelantar la cita con el oftalmólogo, pero yo sabía que la gravedad
del asunto era mayor, y les pedí que me llevaran a urgencias esa misma noche. Y
eso hicieron.
Estuve toda la noche sometida a diversas pruebas, aunque tengo que decir que me
acuerdo muy vagamente de esa noche y de las dos semanas siguientes que me
mantuve ingresada en el hospital. Puede que fuera porque me inyectaban calmantes
y anestesias, o simplemente debido a los pocos resultados que se obtuvieron, mi
memoria ha preferido olvidarlo todo, ya que ningún médico, por muy experimentado
que fuese, consiguió darnos a mis padres y a mí el verdadero motivo de mi
ceguera… o no por lo menos un motivo que a mí me convenciera.
Si anterior a mi ceguera únicamente me dedicaba a mis estudios, amigos y
familiares, tras ella solo me dedicaba a mí. Fue tal la forma de evadirme, que
en algunas ocasiones mi madre tenía que recordarme que no había comido, o que
llevaba días enteros sin salir de mi habitación, y es que ¿para qué iba a
hacerlo? No tenía nada que me ocupara fuera de aquellas paredes. Me dedicaba a
pensar durante horas y horas en aquella luz, que para mí era la causa directa de
mi mal. La explicación médica era simplemente absurda. El señor Arco, el
encargado de dar mi diagnóstico durante mi estancia en el hospital, se redujo a
que tras expirar mi visión, la mente hizo un último y desconsolado intento por
recibir información, que se tradujo es una luz blanca y limpia… algo así como el
conocido túnel que se dice puede verse en nuestros últimos momentos… como decía,
absurdo. Según el médico, primero me había quedado ciega, y tras esto había
visto el resplandor, pero no fue así, sino al revés. Por lo tanto, la teoría de
don Arco caía por su propio peso. Lógicamente, mis padres le creyeron a él y no
a mí a pesar de mi insistencia por el orden de los hechos:
- Mamá, papá, primero vi. la luz, y tras ello quedé ciega, ¡lo recuerdo
perfectamente!
- Hija – me decían- estabas aturdida y nerviosa, don Arco lleva razón y lo
sabes, por favor dejémoslo ya, ahora debemos velar por tu recuperación, y no
discutir el por qué de las cosas.
Todos sabemos lo increíblemente imposible que es convencer a unos padres
de algo de lo que están más que seguros. Así que decidí
demostrarlo por mis propios medios, y de esta manera darme una explicación a mi
misma, un por qué, que para mi tranquilidad y a diferencia de lo que pensaban
mis padres, me era imprescindible saber.
Como solía hacer, primero recurrí a mis amigos. Sabía que ellos no me iban a dar
ninguna respuesta, pero necesitaba que alguien, por lo menos, me creyera. Quizás
ellos no lo hicieran, pero siempre me apoyaban y se mostraban preocupados por
mis cosas. Así que aproveche una de las visitas casi diarias que me hacían para
comentarles mis sospechas. Vinieron César, mi antiguo compañero de la última
fila, Bea, una de mis mejores amigas, Juan, el bromista, Antonio, otro compañero
de clase, y Pedro, un amigo algo más pequeño que yo. Les conté todo, y la verdad
es que me sentí mucho mejor tras haberlo hecho, porque todos se ofrecieron a
ayudarme en lo que pudiesen. Al final quedamos en que buscarían información en
distintos libros, puesto que yo eso no lo podía hacer, y también en internet,
preguntando en foros si alguien había tenido la misma experiencia. Yo no podía
hacer gran cosa mientras tanto, por lo que me sentía un poco inútil, pero mis
amigos me consolaron y me dijeron que hasta que volvieran con algún dato
escuchara la radio. En algunos programas había participación de personas que
llamaban contando sus problemas…y quién sabe, puede que una de esas personas
contara mi problema. Y eso hice.
Nunca escuché la voz de otra persona contando mi problema, pero a pesar de ello
me aficioné a escuchar la radio, pasaban tantas cosas que ignoraba en el mundo…
¡Cuántos conflictos sociales se producían cada día! ¡ Cuántas personas morían a
causa de enfermedades que se podrían haber evitado! Mis amigos volvieron al cabo
de un tiempo muy entristecidos, porque no habían conseguido nada en absoluto,
pero para mi sorpresa, esto no me apenó… había miles de personas que sufrían
problemas mucho más graves que el mío… y yo me avergonzaba de no haberlo sabido
antes. Era ciega, pero antes lo era mucho más… ESA ERA LA RESPUESTA.
Somos jóvenes, estamos y en nuestras manos está que las cosas sigan como hasta
ahora, o que por el contrario cambien a mejor. Ser despreocupados es el mayor
error que podemos cometer, porque mientras nosotros cerramos los ojos al mundo,
él nos pide a gritos ayuda… Me da igual cómo se produjo aquel resplandor, pero
gracias a él me di cuenta de esta gran verdad… aunque demasiado tarde.
Me llamo María, y ahora mismo me encuentro tumbada boca arriba en mi cama. No me
gusta demasiado describirme, además no tengo ningún rasgo llamativo ni fuera de
lo normal, tan solo dos son las características que debo nombrar de manera
imprescindible sobre mi persona. Una de ellas es que soy ciega, la otra, es que
estoy muerta.