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PRIMER PREMIO DE PROSA DEL SEGUNDO CICLO DE ESO Y BACHILLERATO
REFLEXIONES BAJO MI VENTANA Macarena García García 4ºA E.S.O.
Ahí estaba él, como siempre, sentado en el muro de la plaza. Todos los días le veía desde la ventana del estudio, solo, pensativo, hasta que a las diez desaparecía tras la esquina de la calle Vélez y le perdía de vista. Le descubrí un viernes que estaba castigada sin salir, y desde entonces sufro una gran curiosidad por la causa que lleva a esperar a un joven muchacho de las seis a las diez sentado en el muro de piedra del antiguo mercado, inmóvil con su anorak azul, viendo pasar a los transeúntes que vuelven a sus hogares tras una larga jornada laboral. La verdad, me gustaría ser como él. No se por qué tengo este sentimiento, pero todas las tardes cuando vuelvo del conservatorio, corro hacia el estudio, me apoyo en el radiador y de repente me invaden unas ganas enormes de ser yo la que observa medio congelada a toda esa gente como si no tuviera otra cosa más divertida que hacer. Es absurdo, ya lo se, pero eso es lo que siento. Daría cualquier cosa por tener el valor de acercarme a él y preguntarle si me puedo sentar a su lado a contemplar el paso del tiempo. Seguramente pensaría que soy una chiquilla que intenta de forma extraña ligar con él y me mandaría a freír espárragos. Pero no eran esas mis intenciones, ¿o quizás sí? La alarma del reloj me rescató de mis pensamientos y cogí la viola para marcharme al conservatorio. Hacía solo tres años que había comenzado a tocar, y todavía me costaba lo mío sacar algún sonido de aquel chisme que según mi madre solo maullaba como un gato. Pero me gustaba tocar, y sobre todo me relajaba después de pasar seis horas en aquella cárcel a la que llaman instituto. Los adultos siempre dicen que es la mejor etapa de la vida, que el colegio no es nada comparado con el trabajo, pero yo nunca lo he creído así. Ante la obligación de asistir a esa tortura la mitad del día y tener que dedicar otras tantas horas de estudio en casa, mi única salida está en la música. Puede que todavía no toque muy bien, pero al menos me divierto escuchando a otros muchachos más avanzados en las clases contiguas. Es bonito imaginar que algún día no muy lejano podré tocar esas piezas tan enrevesadas, o incluso, estar en el gran escenario del auditorio rodeada de decenas de personas que disfrutan con aquellos maullidos melodiosos que tantos años me habrían costado lograr. Me puse el abrigo y salí de casa para coger el autobús. Las calles estaban muy tranquilas y había solo unos pocos niños cuando crucé el parque de la estación. Seguramente el frío había retraído a todas las parejas que solían pasear en primavera por aquella zona. Además, era época de exámenes, así que tampoco se veían jóvenes tumbados en la hierba o jugando al fútbol con sus amigos. También era verdad que casi toda la hierba estaba congelada y poco se podía hacer en la calle contra aquel frío polar. Únicamente el chico del anorak azul estaría en la plaza. Me preguntaba si no tendría exámenes o un trabajo al que atender. Miré el reloj. Las seis y diez, todavía quedaban cinco minutos para que llegara el autobús. Se me ocurrió una idea. Corrí atravesando de nuevo el parque, crucé rápidamente la calle y, tras la esquina, me asomé cautelosamente a la plaza. Sabía que aún seguiría allí. Desde la ventana siempre le había visto de espaldas y solo había podido observar su rizado pelo castaño, pero entonces, de perfil, pude ver además aquel delicado rostro de marfil, adornado con dos grandes esmeraldas que miraban a ninguna parte. Me quede anonadada. Nunca imaginé que el chico del anorak azul fuera así cuando lo miraba desde el estudio. Me percaté de que era más joven de lo que creía, debía rondar mi edad. Estaba ensimismada con la belleza de aquel rostro cuando, sin previo aviso, giró su cabeza, me vio y me sonrió. Rápidamente me escondí tras la esquina mientras mi corazón corría a galope intentando encontrar la calma poco a poco. Miré de nuevo el reloj y corrí antes de que el autobús se marchase. Lo cogí justo a tiempo y me senté en uno de los asientos del fondo, junto a la ventana. Aquel chico me había mirado de repente, como si supiera que yo le estaba observando. Siempre que le había visto el miraba impasible el edificio de enfrente, nunca se giraba para observar mejor a nadie. Ni siquiera se movía lo más mínimo. Pero cuando yo le estaba observando, el se había percatado de alguna manera de mi presencia, y me había sonreído. Pero, ¿por qué? Mi mente se disparó y empecé a darle vueltas a la cabeza. Quizás no era a mí a quien miraba, sino a alguna persona que pasaba en ese instante tras de mí. Era bastante improbable, la calle estaba desierta, y yo había escuchado los pasos. A lo mejor le había dado un tirón en el cuello y por eso se había girado. O podía haberle caído alguna hoja en el cuello, le había molestado, y se había girado para quitársela. O quizás… eran demasiadas hipótesis, y muy tontas para ser ciertas. Me bajé del autobús y me prometí a mí misma no pensar en eso, en concentrarme en la música y dejarme de chorradas. ¿Qué importancia tenía que un chico me hubiera mirado? También me miraban mis amigos y no tenía nada de especial. Entré en clase y abrí el estuche de la viola. Mientras venía la profesora, coloqué la almohadilla y unté el arco de resina. Miré a la ventana y me dije “Adiós al chico de la plaza” y comencé a practicar. Creía que había olvidado el asunto, pero tres días después, daba vueltas en mi cama sin poder conciliar el sueño. No había visto al muchacho desde que me miró, y había procurado no darle importancia al suceso, y sin embargo, no hacía más que darle vueltas a la cabeza. Me levanté y fui hacia el estudio, era la hora de la siesta, y seguramente no se encontraría tan pronto en la plaza, pero nunca había mirado antes de las 6, y puede que estuviera desde antes allí. Me aproximé a la ventana y sentí unos nervios incontrolados por saber si estaba. Me apoyé en el radiador y me preparé para mirar. Tres, dos uno… ¡Sí, estaba allí! Me aproximé aún más a la ventana y le observe con detenimiento unos segundos. Entonces… no estaba allí desde las seis, sino que a las cuatro ya estaba sentado en el muro, quizás desde antes ¿Por qué estaría ahí? Sería casi imposible adivinarlo seguramente salieran hipótesis tan tontas como la del tirón en el cuello. De pronto, el chico se levanta, mira hacia la parte superior del edificio, y acto seguido, se gira, me mira, y me saluda con la mano. ¡Yo estoy alucinando! Me quedo unos segundos medio atontada y, automáticamente, sonrío y le devuelvo el saludo antes de volver medio zombi a mí habitación ¿Pero en qué estaba pensando? ¡Voy y le devuelvo el saludo! Hay veces que no me entiendo ni a mí misma ¿Pero como sabía que yo le estaba mirando? ¿Cómo sabía en que piso estaba? Ahora si que iba a estallar mi cabeza .Me deje caer en la cama bastante extrañada por el suceso. Podría preguntarle a Elisenda si se le ocurría alguna explicación. O a Celia, quizás ella conociera al chico. Descarté pronto la opción de consultar a nadie, no me iban a creer. Además, era una tontería, no era tan raro que un chico mirara a la gente que estaba en la plaza, pero aún así, estaba obsesionada con el tema, él siempre estaba quieto, y de repente, sin explicación se giraba y me miraba. Incluso me saludaba sin conocerme de nada, eso era lo extraño. Llamaron a la puerta, seguramente era Silvia, una vecinita de tres años de la que cuidaba cuando sus padres salían a cenar. Cuando se aburría, bajaba a jugar conmigo y a tomar batidos de chocolate. Me encantan los niños pequeños y pensé que sería bueno distraerme con ella y olvidarme del chico del muro un rato. Corrí de puntillas por el pasillo antes de que Silvia se impacientara y volviese a llamar al timbre. Mi padre no se levanta de muy buen humor cuando le despiertan. Abrí el cerrojo de la puerta procurando no hacer ruido. Tendría que decirle algún día a mi padre que engrasara la puerta. - ¡Hola Sil…! - ¡Hola!- dijo vergonzosamente un chico alto y delgado, de pelo rizado y piel clara. Llevaba en la mano un anorak azul oscuro. ¡Era él! ¿Qué hacía aquí? Me quedé mirándole con los ojos como platos y noté como se ponía rojo - Esto… te he visto desde la plaza y pensé que a lo mejor… pues… quizás… como no hacía nada y, bueno, tú tampoco pues… había pensado que a lo mejor querrías… bajar a dar una vuelta conmigo. Ahora sí que estaba sorprendida, asentí con la cabeza y cogí a tientas una cazadora sin dejar de mirarle. Cerré la puerta con cuidado y bajamos las escaleras en silencio, como si no nos conociéramos de nada. En realidad no nos conocíamos de nada, ¿o sí? - Perdona, ¿Pero nos conocemos de algo?- le pregunté mientras llegábamos al portal - No creo, soy nuevo aquí, no conozco a nadie - ¿Y entonces…? -¿Si…?- Me miro extrañado, no sabía a donde quería llegar, y yo dudaba si no sería un poco borde preguntarle por qué narices me miraba. O por qué me había ido a buscar -Bueno… me preguntaba ¿Cómo sabias que te estaba mirando desde la ventana? -¡Ah!, es que el sol da en los cristales del edificio de enfrente y es como un espejo. Como no tengo nada que hacer, miro los cristales y así, veo a la gente que pasa concentrada como en una pantalla de televisión. ¿Era por eso? No sé que me resultaba más verosímil, si los espejitos o el tirón de cuello con hoja molesta incorporada. -¿Y cuando estaba en la esquina? -También ¿no lo crees? - ¡Pues no! - Ven, ya lo veras Echó a correr hacia la plaza y se sentó en el muro, le seguí y me senté a su lado. ¡Alucinante, era verdad! Se veía mi ventana, y también la esquina de la calle Vélez, en estos días nunca se me hubiera pasado por la cabeza que los cristales actuaran como espejos. - Deben ser cristales especiales, o eso creo, porque nunca antes había visto este efecto. - Puede ser. Por cierto ¿cómo es que te pasas aquí todo el día? - Me acabo de mudar y mis padres están limpiando el piso y colocando los muebles y dicen que les estorbo, que ellos dos se apañan solos. Vaya, así que era eso. Había resuelto todas mis dudas en cinco minutos mientras yo me había pasado horas imaginando el porque de aquella situación. No se como, pero cuando volví a mirar el reloj ya habían pasado más de tres horas. Es curioso como pasa de lento el tiempo cuando observas aburrida bajo la ventana y lo deprisa que transcurre cuando alguien te hace compañía. Hace ya dos meses desde que hablé por primera vez con “el chico del anorak azul” y desde entonces, todas las tardes bajo a su encuentro y me siento con él en el viejo muro a charlar, a ver pasar el tiempo, pero sobre todo a cotillear disimuladamente con el reflejo de las ventanas como recuerdo de aquella tarde en la que se giró y me sonrío.
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