Colegio Zazuar

 
 

Educación Infantil - Educación Primaria - Educación Secundaria Obligatoria - Bachillerato

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*** CONCERTADO EL SEGUNDO CICLO DE EDUCACIÓN INFANTIL Y TODOS LOS NIVELES DE ENSEÑANZA OBLIGATORIA***

 

XVI CONCURSO LITERARIO
 

 

NIVELES EDUCATIVOS
INSTALACIONES
ACT.COMPLEMENTARIAS
ACT.EXTRAESCOLARES
ACT.CULTURALES
ACT.DEPORTIVAS
SERVICIOS
CURSO ESCOLAR
SECRETARÍA
NUESTROS ALUMNOS
ANTIGUOS ALUMNOS

PRIMER PREMIO DE PROSA DEL SEGUNDO CICLO DE ESO

Y BACHILLERATO

 

QUÉDATE AQUÍ

Patricia Janikowski 1ºA Bachillerato

 

 

Quédate aquí – me dijo, con una nota de pánico instalada en la voz -. Pase lo que pase, oigas lo que oigas, por favor, quédate aquí y no salgas.

En una situación normal, pedirle esa clase de cosas a una niña de apenas ocho años sería como gritarle a un bebé que no llorara. Pero aquella no era una situación normal, y yo me limité a asentir con la cabeza. Mi hermana me dio un fugaz beso en la frente y cerró la portezuela...

Llevo muchos años tratando de olvidar, de superarlo... Esa escena aún me atormenta en mis pesadillas. Me provoca un miedo casi irracional.

Desde aquello no he hecho más que ir de psicólogo en psicólogo. El último, una mujer cuarentona de larga melena rubia y gafas de montura cuadrada, me ha aconsejado esto. “Escríbelo”, me dijo, “Es más fácil buscarle el lado positivo a las cosas cuando las vemos escritas sobre un papel”. Realmente, no sé hasta qué punto creerla, pero siento que tengo que intentarlo.

Creo que lo mejor es que empiece desde el principio.

Era un veintiocho de agosto por la noche. Lo recuerdo porque mamá había insistido en que saliéramos antes para ahorrarnos atascos. La “operación regreso” de la segunda quincena aún no había comenzado, así que no había apenas tráfico en la autopista. No recuerdo dónde habíamos ido a pasar las vacaciones ese año. Es curioso cómo nuestra memoria selecciona los recuerdos. Tampoco sé qué hora era. Solo sé que paramos en un “self service” de carretera. No preguntes el nombre: no sabría decirte.

¿Era de madrugada, tal vez? Estaba todo muy oscuro. Las luces de neón del autoservicio se veían desde bastante lejos. Mamá estacionó nuestro coche en el pequeño aparcamiento, en el que sólo había otros dos vehículos. Curiosamente, recuerdo a la perfección todos y cada uno de los detalles de los tres.

El de mi mamá era un citroën de color gris metalizado. Estaba inmaculado, como recién salido de fábrica. No tenía ni una sola mancha de barro o aceite, la carrocería estaba intacta, ni una sola abolladura en el capó. El maletero estaba tan lleno que habíamos tenido que retirar la bandeja para poder meterlo todo. Recuerdo que habíamos cubierto las cosas con mi sábana, blanca y con un estampado de flores rosas y abejitas zumbando. Me encantaba esa sábana. En los asientos traseros, donde me sentaba yo, había una cesta de mimbre en la que dormía plácidamente Coco, nuestro siamés de dos años. Todos los asientos estaban tapizados en negro y las alfombrillas para los pies relucían de lo limpias que estaban. Delante, en el asiento del copiloto, estaba el “walkman” de mi hermana, con los cascos colgando. Mamá le había obligado a que lo dejase allí. El asiento del conductor estaba ocupado por una cazadora vaquera. Sobre la radio, una lucecita parpadeante nos indicaba que la alarma estaba en funcionamiento.

Otro de los coches del aparcamiento era un megane rojo. Tenía un faro resquebrajado y varios arañazos leves en la pintura. En el interior había una silla para bebés con un dibujo de angelitos, y los asientos delanteros estaban cubiertos por sendas camisetas blancas y sin mangas. Del retrovisor colgaba un ambientador de pino. Me encantaban esos ambientadores. Siempre le pedía a mi mamá que me dejase poner uno de esos en nuestro coche, pero ella no quería, decía que le recordaba demasiado a papá.

El tercer coche era un ford de color blanco. Estaba lleno de barro y suciedad, por lo que casi no se distinguía su color original. El interior tenía algunos restos de comida basura y no ofrecía un buen aspecto. No me gustó ese coche. “Debe de ser de un señor muy cochino”, pensé con mi mente de ocho años.

Había un cuarto coche, lejos del aparcamiento, al que no presté mucha atención. Se trataba de un descapotable negro, o eso creo, pues estaba oculto en las sombras, como si sus ocupantes no deseasen ser descubiertos. No podría asegurar si en ese momento había alguien dentro o no. Estaba demasiado oscuro, pero juro que vi brillar un ojo en su interior, como si supiera que les estaba mirando.

No le di importancia. Cogí la mano de mi mamá y entré con ella y con mi hermana en el autoservicio. Mi hermana seguía disgustada con mi madre por lo de su walkman, y no quería hablarle. Su cara era igualita que la que ponía mamá cuando decíamos o hacíamos algo que le recordaba a papá.

Después de que él tuviera aquel accidente con la moto, lo único que me dijo mamá fue que había tenido que ir a visitar a un amigo. Por aquel entonces yo no entendía lo que eso suponía, y de vez en cuando preguntaba cuándo volvería. Cada vez que hacía esa pregunta, mamá contraía la cara en un gesto de disgusto, pero en realidad fingía que estaba enfadada para no tener que llorar. Con el paso del tiempo, la odiosa pregunta fue cayendo en el olvido, con forme iba comprendiendo que papá nunca regresaría de visitar a ese “amigo”.

Aquella noche, mi hermana tenía la misma cara. Quería parecer enfadada con mamá para que ella no se diera cuenta de que estaba a punto de llorar. Con esa cara miró a la cámara de vigilancia que había en la puerta cuando entramos. Dentro, además de una camarera joven, había un matrimonio con un bebé y un hombre muy gordo comiendo solo en una mesa del fondo del local.

Nosotras nos acercamos a la barra y nos sentamos. La camarera era muy simpática, y de vez en cuando se ponía a hacerle carantoñas al bebito, que no dejaba ni por un segundo de llorar a pleno pulmón. A mí me regaló una bolsa de patatas.

Mamá compró unos bocadillos pequeños para mi hermana y para mí, y para ella pidió una coca-cola. Cuando acabé de comer, incapaz de estarme quieta, me bajé de mi asiento y comencé a revolotear por todo el local, jugando a que me atacaban los marcianos. Cada vez que pasaba por al lado del señor gordo, me ponía mala cara y acercaba un poco más hacia sí toda su comida, como si se la fuera a quitar, así que yo le sacaba la lengua con burla.

Tras un rato de andar corriendo arriba y abajo del restaurante, con algo de cansancio y el jefe de los marcianos teniéndome casi acorralada, me refugié detrás del mostrador. Al cabo de un minuto apareció mi hermana, enviada por mi mamá para que “saliese de allí y dejase de molestar a la señorita”.

Yo no quería irme, así que mi hermana resolvió llevarme en brazos si hacía falta. Justo estaba a punto de agarrarme cuando sonó de nuevo la campanilla de la puerta. Sonó un leve chasquido e, inmediatamente, todo el lugar quedó en silencio. Mi hermana se asomó por encima de la barra para ver qué ocurría. Su cara de enfado se convirtió de repente en una mueca de terror, y sus pupilas se achicaron hasta alcanzar el tamaño de la cabeza de un alfiler. Yo deseé que todo fuera una broma suya para asustarme, pues la cara que puso me dio verdadero miedo.

Rápidamente volvió a acuclillarse junto a mí y buscó frenéticamente con la mirada algo que yo no acertaba a descubrir. Asustada por su expresión no me atreví ni siquiera a preguntar qué ocurría, por qué se comportaba así. Ella encontró lo que buscaba en una fracción de segundo. Abrió la puerta corredera del pequeño armario que había bajo la barra y me metió en él pidiéndome silencio con un dedo. Entonces se inclinó sobre mi oído y me susurró muy bajito, para que sólo yo la escuchara. Desde la puerta ya comenzaban a llegar las voces de dos hombres, pero yo sólo estaba atenta a las palabras de mi hermana, y no las oía.

Quédate aquí – me dijo, con una nota de pánico instalada en la voz -. Pase lo que pase, oigas lo que oigas, por favor, quédate aquí y no salgas.

Yo sólo asentí. Me daba miedo su voz. Me daba miedo lo que decía. Ella me dio su fugaz beso en la frente y cerró de nuevo la puerta. Ese beso me escoció como si fuese una despedida. Quise gritarle “¡no te vayas!”  Pero ya se había ido, y yo no me atreví a desobedecer a su advertencia.

¡Tú, niña, qué demonios hacías ahí! – grito alguien.

Na-nada – respondió mi hermana.

¡Venga, con los demás!

Abrí con las uñas un resquicio de la puerta del armario, para que la oscuridad no fuera tan opresiva y para poder respirar. De fuera me llegaban las voces autoritarias de dos hombres. No paraban de gritar: ¡todos contra la pared! ¡Usted venga aquí! ¡No, tú no, tú abre la caja! ¡El dinero, venga! ¡Deprisa! ¡Que nadie se mueva!

Yo estaba aterrorizada. No me gustaba cómo gritaban esos hombres. El bebé no paraba de llorar, y su madre trataba de calmarlo sin éxito. Oí cómo se abría la caja del dinero y un hombre saltó la barra para hacerse con él. Vi sus piernas junto a las de la camarera moviéndose por delante de mi escondite.

Cuando el hombre se apartó los pude ver. Estaban los tres reflejados en el espejo que había por detrás de la barra. La camarera y esos dos hombres. No pude ver dónde estaban mi madre y mi hermana, ni tampoco la pareja con el bebé ni el hombre gordo. Sólo podía oír los berrinches del bebé y los susurros que le hacían los mayores. Por algún motivo que aún hoy no comprendo, no consigo recordar los rostros de los dos hombres. Recuerdo con claridad que eran dos, ¡los vi! Pero sus rostros... fue como si hubiese visto dos maniquíes. ¡Aquellos hombres no tenían cara! Más tarde, me dijeron que llevaban pasamontañas, y que por eso no pude verles el rostro. No lo sé.

El hombre que estaba con la camarera volvió a saltar la barra para reunirse con su compañero y creo que ya se marchaban. Entonces la chica se precipitó y presionó la alarma. Yo oí el suave “clic” del botón. Acto seguido comenzó a tronar una escandalosa sirena por toda la tienda. A continuación, disparos, muchos, demasiados para contarlos. Recuerdo que me tapé los oídos, para protegerme tanto de la sirena como del ruido de las pistolas. Apreté los párpados con fuerza hasta empezar a ver puntitos brillantes, después abrí de nuevo los ojos.

Aquella imagen se quedó grabada en mi cerebro, como si me hubiesen pegado una fotografía frente a los ojos. Justo frente a la rendija que yo misma había abierto en el armario, se encontraba la imagen que presidiría mis pesadillas en los años venideros. Un rostro de mujer, con los ojos abiertos de par en par, tal vez de sorpresa. Inmóvil. Con un mechón de pelo cayendo graciosamente sobre su frente. Los labios, pintados de un color rojo pasión, estaban entreabiertos. La camarera estaba muerta. La sirena seguía sonando, ensordeciéndome, pero yo casi ni la oía. El mundo parecía haberse detenido un instante, sólo existía ese rostro joven, delicado... y muerto, y yo no podía apartar la mirada.

Finalmente, recordando que tenía que respirar, salí de mi trance. “Esos hombres ya se habrán marchado”, alcancé a pensar. E, incapaz de seguir viendo la cara de aquella mujer, abrí del todo la portezuela y salí sin hacer ruido. Salí de detrás de la barra sin pisar el cuerpo inerte de la camarera y busqué con la mirada al resto de la gente.

Estaban todos juntos, en un rincón, todos caídos sobre el suelo. Creo que me encontraba en estado de shock, no era capaz de razonar, ni siquiera tenía miedo, me movía como una autómata, avanzando a trompicones hacia mi mamá y mi hermana.

El señor gordo estaba tirado de lado, no tenía ninguna herida de bala, pero estaba indudablemente muerto. Con la mano derecha se agarraba fuertemente el corazón.

Me acerqué a mi hermana, que estaba medio recostada contra la pared, y respiraba con algo de dificultad. Casi no me atreví a tocarla. ¿Y si se ponía peor? Tenía un cerco oscuro que crecía rápidamente a la altura del pecho, cerca del corazón. Con un ronco jadeo me pidió que me acercara. Yo la cogí fuerte de la mano. Ella comenzó a hablar, con dificultad. Al principio me asusté mucho, “desvaría” pensé, aún sin salir de mi aturdimiento.

Dónde... – jadeó – dónde está... la bala...

Yo me señalé mi propio pecho, por miedo a tocarla a ella, a la altura del corazón. Ella dejó los ojos en blanco por un segundo después volvió a enfocar la vista. Se le notaba el esfuerzo.

Ella siempre había querido ser médico, y aunque era muy joven ya sabía algunas cosas. Paró un instante para recuperar fuerzas y continuó.

Mamá... dónde está...

Yo miré hacia mi madre, tenía la cabeza vuelta el otra dirección. No veía su herida, solo un creciente charco de sangre en torno a su cabeza.

¿Res... pira...? – preguntó mi hermana, tratando de controlar la ansiedad de su voz.

Yo le acerqué una mano a la boca y esperé. No sentí nada. Negué lentamente. Mi aturdimiento no me permitía razonar mi repuesta, no podía comprender lo que suponía esa simple negación. Permanecí impasible, ajena a que mi hermana comenzaba a respirar con mayor dificultad, sobrepasada por la desgracia. Un lloriqueo le hizo reponerse.

El bebé... – susurró.

Yo cogí al vuelo la parte del mensaje que ella no había emitido. Me aproximé con cautela a la fuente del sonido. La pareja estaba tendida junta sobre el suelo. El hombre había caído encima de su esposa y de su hijo. Al principio pensé que él también estaba muerto, pero al apartarlo comprobé que aún respiraba, sólo tenía una herida sangrante en el brazo y un golpe en la cabeza. Debajo de su cuerpo inerte estaba su esposa, con el bebé en brazos. Al principio solo me fijé en el niño, que no dejaba de llorar. Pero pronto me di cuenta de que la madre hacía cosas extrañas, como si intentara respirar y no pudiera, pero no estaba herida. El pequeño comenzó a llorar con más fuerza.

Mi hermana debió de oír los escalofriantes jadeos de la mujer, pues dijo, con voz apremiante:

Asma... busca en... su bolso...

Yo tenía una ligera idea de lo que era un inhalador, y sabía que los usaban los asmáticos para respirar. Mi tía me había enseñado uno un día que fui a verla trabajar al hospital. Alcancé el bolso de la mujer y rebusqué en su interior. Me costó unos preciosos segundos encontrar el aparatito, pero en cuanto lo tuve entre mis dedos introduje la boquilla entre los labios de la mujer y presioné el botón. La reacción fue casi instantánea. La mujer perdió el conocimiento, pero comenzó a respirar con algo más de normalidad.

¿Está... herida? – preguntó mi hermana.

Yo negué con la cabeza.

¿El bebé...?

Tras un rápido vistazo comprobé que el niño también estaba bien, así que volví a negar con la cabeza.

¿El padre...?

Esta vez mi respuesta fue afirmativa.

¿Dónde?

Me toqué suavemente la parte interior del brazo derecho, sobre el codo.

¿Sangra... mucho? – inquirió mi hermana.

Cada vez le costaba más respirar y seguir hablando, parecía a punto de desmayarse en cualquier momento. Sin embargo, no se preocupaba por si misma, sino por cómo se encontraban los demás. En ese momento la admiré.

¿Sangra... mucho? – volvió a preguntar.

Yo miré al padre del bebé. Sí, sangraba mucho. Asentí con la cabeza, sin dejar de observar el creciente charco de sangre.

Habrá alcanzado... la arteria... humeral – jadeó mi hermana.

Yo asentí de nuevo, sin comprender.

¿El otro... hombre... está...?

Mi hermana debió de ver en mis ojos que ya no se podía hacer nada por él, pues no preguntó más por él.

¿La camarera... también...?

Asentí con parsimonia. Mi hermana parecía ser plenamente consciente de mi estado. En ningún momento me hizo ninguna pregunta que requiriera por mi parte más que un gesto, o un movimiento de cabeza.

El hombre... – jadeó – hazle un... véndale el... brazo...

Yo busqué con la mirada algo con lo que poder realizar la petición de mi hermana. Cogí una toalla blanca que sobresalía de la bolsa de cosas del bebé y la anudé con todas mis fuerzas en torno a la herida, confiando en que eso valiese de algo.

En ese momento desde la lejanía, comenzaron a oírse sirenas por encima del ensordecedor barullo de la alarma del local, que aún seguía sonando. Yo me senté junto a mi hermana y volví a tomar su mano, cada vez más fría, esperando a que llegasen los médicos.

Los primeros en entrar en el lugar fueron los policías, que constataron que no quedaba nadie armado en el interior y después permitieron el paso a los sanitarios. Cuando cuatro hombres vestidos de blanco y con maletín llegaron hasta nosotras, yo sólo levanté la vista y los miré, casi como preguntándome qué hacían ahí. Miraron por un par de segundos a la niña de ocho años cubierta de sangre que tenían enfrente y se distribuyeron por entre las víctimas para hacer su trabajo.

Una mujer joven, con uniforme de policía me tomó en brazos y me llevó fuera. Allí me sentaron en el interior de una ambulancia y un médico me hizo un reconocimiento rutinario.

Solo está shockeada – concluyó el sanitario, y volviéndose hacia mí -. Enseguida traen a tu hermana, ¿de acuerdo? Vamos a llevaros al hospital para que la vean mejor. ¿Te encuentras bien?

Yo asentí con la cabeza. Los acontecimientos siguientes son demasiado borrosos. Recuerdo que nos llevaron al hospital, mi hermana estuvo casi veinticuatro horas debatiéndose entre la vida y la muerte, pero finalmente lograron salvarla. Por mi madre nadie pudo hacer nada, pero al menos sé que ha ido con mi padre, y ya nunca estarán solos.

Aquel día marcó mi vida por completo. Mi psicóloga me pidió que lo escribiera para poder buscar la parte positiva. Escrito está. La parte positiva... no lo sé.

No sé si esto me ayudará en algo, pero hace que me sienta orgullosa de mi hermana. Ella salvó mi vida.

Realmente, no sé si esta historia tiene un lado positivo. Desde luego no tiene un final feliz. Pero sí sé una cosa: cuando crezca quiero llegar a ser médico, como mi hermana...

 

 

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