Colegio Zazuar

 
 

Educación Infantil - Educación Primaria - Educación Secundaria Obligatoria - Bachillerato

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*** CONCERTADO EL SEGUNDO CICLO DE EDUCACIÓN INFANTIL Y TODOS LOS NIVELES DE ENSEÑANZA OBLIGATORIA***

 

XVI CONCURSO LITERARIO
 

 

NIVELES EDUCATIVOS
INSTALACIONES
ACT.COMPLEMENTARIAS
ACT.EXTRAESCOLARES
ACT.CULTURALES
ACT.DEPORTIVAS
SERVICIOS
CURSO ESCOLAR
SECRETARÍA
NUESTROS ALUMNOS
ANTIGUOS ALUMNOS

SEGUNDO PREMIO DE PROSA DEL PRIMER CICLO DE ESO

 

¿QUIÉN SOY?

Paula Castilla 2ºB

 

Era 20 de abril. Mi décimo octavo cumpleaños, y ya me habían avisado de que tenía que ir terminando de preparar mi equipaje. Después de haber pasado los dieciocho años de mi vida en aquel orfanato, me dejaba allí muchos recuerdos, experiencias…; uno de esos recuerdos que me vinieron  a la cabeza es el de cuando Manuel, un chico que se marchó unos cuantos años antes que yo, me empujó en el comedor y me caí delante de todos (fue uno de los peores días de mi vida…) pero de esa escena ya había pasado mucho tiempo y ya era la hora de marcharme. No sabía lo que me esperaba ahí fuera, y tampoco estaba segura de todo lo que dejaba allí dentro. Me miré en el espejo de la salida y comprobé que el rostro que se reflejaba en él era el mío; había cambiado tanto… mis ojos se habían ido oscureciendo poco a poco y el color de mi piel ya no era él mismo, ahora me encontraba más pálida. Abrí la puerta, y antes de salir, eché un último vistazo a lo que dejaba de ser mi hogar dándome cuenta de que pocas cosas habían cambiado desde que entré por  primera vez.

Por fin salí, dejando atrás mi infancia y cogiendo a la vida de la mano. Quizás mi aspecto no era el más adecuado para empezar a buscar aquello que siempre había soñado encontrar, pero aún así, cogí el autobús que me llevaría al hospital donde nací.

No había mucha gente, por lo que decidí sentarme en un asiento pegado a la ventanilla. Una de mis pasiones siempre había sido observar; es algo que aprendí en el orfanato y un recuerdo más a los muchos que me quedarían grabados en la mente durante toda mi vida.

Desde pequeña siempre he llevado conmigo una esclava donde por la parte de detrás había un nombre grabado: ‘Mónica González’. Quizás en el hospital podrían darme alguna información sobre este nombre.

Llegué a la puerta; no estaba segura de si de verdad me sentía preparada para saber algo de mi pasado o no, pero de todas formas mi pepito grillo me susurraba al oído que ya era hora de saber quién era, por lo que me animé a entrar.

Me senté en la primera silla que encontré; sentí una sensación extraña, un escalofrío.

Una mujer, de unos 35 años, se acercó a mí:

¿Puedo ayudarte en algo?, me dijo amablemente.

Mmm…no estoy segura de lo que estoy haciendo aquí.

Si quieres, puedes acompañarme a mi despacho y contármelo…

Me levanté nerviosa, aunque intentando aparentar poseer en mí una tranquilidad absoluta.

Fui siguiendo a la mujer por donde ella me indicaba, hasta que nos paramos delante de una puerta con el número 116 colgado en ella.

Me abrió la puerta con educación y entré a la habitación. Me senté en la silla que estaba en frente de su mesa y me fijé en los múltiples títulos que poseía. Al parecer se llamaba Laura. En dos mesillas detrás de mí había un par de jarrones con flores rojas y blancas, y el despacho desprendía un olor a un acogedor hogar. En la entrada había colocado una larga alfombra en tonos granates.

Laura se sentó delante de mí y se presentó. Yo también lo hice y la conté mi historia.

Me sorprendió su respuesta:

Has debido de pasarlo muy mal. Yo te voy a ayudar en todo lo que pueda, de eso, puedes estar segura.

Al oír esas palabras la expresión de mi cara tomó la forma de una pequeña sonrisa. El malestar que había sentido al entrar al hospital había desaparecido milagrosamente.

Muchas gracias.

Nos encontramos al día siguiente. Los jueves ella tenía las tardes libres por lo que nos dirigimos de nuevo al hospital. Estuvimos en varias salas, pero por fin encontramos la que nos interesaba de verdad.

Era un sitio bastante frío. La sala estaba ocupada por inmensas filas de estanterías; todas ordenadas por nombres y escondiendo secretos desconocidos. No había más que dos escasos cuadros colgados en aquella pared de un color más claro que el azul del cielo.

Pasamos por varios pasillos; nos detuvimos en una estantería que tenía un letrero donde decía: ‘NATALIDAD’. Cogió una carpeta donde la pegatina que llevaba sobre la pasta decía: ‘1988 Enero- Julio’.

Nos sentamos en las sillas que rodeaban la mesa situada en la entrada y comenzamos a buscar. Nombres y más nombres, pero ninguno con González como segundo apellido.

¡Espera!- la dije- ¡Mira estos!

En el papel decía: ‘Ana Garrido González’ y ‘Ana Marín González’.

Bien, algo tenemos. Suponiendo que el nombre de tu esclava pertenezca al de tu madre, una de estas dos personas eres tú- me dijo Laura.

Sí- contesté firmemente.

Estuvimos mirando las direcciones de estas dos personas. Yo tenía un buen presentimiento, seguramente algo que nunca hubiese esperado sentir en esta vida que Dios me había dado, pero si, era una sensación que Laura me prestaba, la sensación de seguridad.

Antes de partir a las distintas direcciones que habíamos conseguido, Laura pidió un par de días libres; me dijo que se los debían y que este era un momento necesario para utilizarlos.

La primera dirección que tomamos se encontraba a unos 100 km. de la ciudad en la que me encontraba, por lo que Laura me llevó en su coche.

De camino hacia mi pasado, cerré los ojos. Quería que ella pensara que estaba dormida, pues no tenía ganas de hablar. Con los ojos cerrados, no paraba de preguntarme a mí misma una y otra vez: ‘¿Quién soy?’

Después de minutos de intranquilidad, me quedé dormida.

A la hora y media, más o menos, Laura me despertó suavemente. Habíamos llegado.

Bajé del coche, y me encaminé junto con Laura en dirección oeste. A los diez minutos estábamos en frente de una puerta blanca de un acogedor chalet. Tenía unos tres pisos, y un amplio jardín con gran variedad de flores de todos los colores.

Llamé al timbre. Un hombre de aspecto mayor abrió la puerta. Llevaba unas zapatillas de andar por casa y una vieja bata. Tenía un bigote blanquecino y unos ojos tristes.

Su aspecto me impresionó y, por su cara, nosotras a él también le impresionamos. Nos invitó a pasar y nos sentamos en un sillón del salón. Comencé mi historia:

…y hasta ahora. Por eso estamos aquí. Necesitamos saber si su mujer tuvo alguna vez una hija.

Mi mujer tuvo una hija si, pero ambas fallecieron en el parto.

Después de un pequeño pero intenso silencio Laura dijo:

Siento mucho lo que le pasó. De todas formas muchísimas gracias.

Al salir, cogimos de nuevo el coche y emprendimos el camino hacia la siguiente dirección.

A esta segunda no tardamos tanto, en poco más de media hora ya habíamos llegado.

Como la vez anterior, llamamos a la puerta. Esta vez nos abrió la puerta una mujer. Al contrario que el hombre anterior, ésta iba muy bien vestida. Tenía una cara delgada y unos ojos claros y pequeños. Su rostro era bonito. La mujer nos invitó a entrar.

Su casa estaba muy bien decorada también; se notaba que para la mujer la apariencia era una cosa importante en su vida.

Al contrario que la otra vez, Laura fue la que la contó la historia; realmente, yo no tenía los ánimos suficientes para seguir; la historia de aquel hombre me había desanimado muchísimo y me había hecho darme cuenta de que hay gente todavía en condiciones peores que las mías y de todas formas también estaba nerviosa… si el hombre había dicho la verdad, la mujer que se encontraba en frente de mí era mi madre.

Al oír la historia la mujer nos respondió:

Siento de verás lo que te ha pasado- dijo mirándome- pero yo no soy tu madre. Mi hija Ana lleva tres años con su pareja, y están pensando en casarse… ya sabes… la veo muy a menudo.

En esos instantes, la seguridad que antes había sentido en el despacho de Laura se había desvanecido por completo. Me sentía infeliz.

Salimos de la casa y Laura me llevó al hotel donde me encontraba alojada. En el camino de vuelta, ninguna de las dos dijo nada.

Cuando llegamos al hotel, me despedí con un simple adiós de Laura y me fui alejando cada vez más del coche hasta que entré por la puerta.

En mi habitación llegué al acuerdo conmigo misma de que no le debía dar más vueltas al asunto, y eso es lo que intenté hacer. Me acosté en la cama y después de unas cuantas horas logré dormirme.

Al día siguiente, desayunando en el comedor del hotel, llegó Laura. Se sentó a mi lado y antes de que la dejara hablar la dije:

No quiero que sigamos con esto. Ya tuve bastante ayer ¿de acuerdo? No me vas a obligar.

A Laura se la dibujó una sonrisa en la cara.

- Sabía que me dirías eso, por lo que ya venía preparada. Y te equivocas si piensas que ahora vamos a parar después de todo lo que hemos hecho ¿queda claro? Además te recuerdo  que aún me queda un día libre y tenemos que aprovecharlo. Anda coge una chaqueta y vámonos.

Antes de que pudiera decirla nada, ésta se levantó y se fue a buscar su coche.

Yo me quedé sentada. Siempre había sido una persona muy insegura y en estos casos era donde ese defecto salía a la luz.

De todos modos, cogí mi chaqueta como me había dicho Laura y fui hacia el coche.

Como te habrás dado cuenta, una de las dos personas que conocimos ayer mintió, y doy por hecho que fue aquel hombre tan desaliñado, por lo que creo que deberíamos volver a ir a hablar con él- me dijo.

Sin dejarme que la contestara, dándola mi aprobación sobre lo que había dicho, puso su coche en marcha y emprendimos nuestro camino.

Esta vez, el camino se me hizo mucho más corto. Supongo que en eso influyeron las ganas de averiguar lo que aquel hombre escondía en su mente.

Ya estábamos en la puerta de su casa, cuando Laura me dijo:

Llegó el momento. Es la hora de que sepas la verdad… tu verdad.

En cuanto la vi marcharse hacia el coche, comprendí lo que me había querido decir con esas palabras.

Me armé de valor, y llamé a la puerta; pero nadie me abrió. Volví a llamar… pero sucedió lo mismo. Me di la vuelta y le hice un gesto a Laura para que viniera. Cuando estábamos las dos juntas, ésta me miró y con cara de desaprobar lo que estaba a punto de hacer, le dio una patada a la puerta y ésta se abrió. La verdad es que estaba totalmente segura de que eso sólo ocurría en las películas, pero ya vi que no.

Entramos en la casa y vimos al hombre tumbado en el suelo. Parecía que estaba desmayado o… hasta muerto. Laura llamó a una ambulancia, y mientras, yo le cogí como pude. Apoyé su brazo derecho en mi hombro izquierdo y le llevé hasta la calle. Pasó muy poco tiempo, que para mí fue una eternidad, en que llegara la ambulancia. Un impulso me incitó a que también fuera en la ambulancia, al lado del hombre, por lo que subí. Laura nos seguía en su coche. Mientras que iba en la ambulancia y veía a aquel hombre… sentía algo que nunca había podido sentir por nadie. Como si un lazo invisible a los ojos estuviera agarrado con la mano por los dos y nos mantuviera unidos, pero en cierto modo, estaba también muy incómoda. Me encontraba delante de un hombre que no conocía de nada y que seguramente se estuviera muriendo.

Llegamos al hospital, y fue intervenido por un par de doctores. Al cabo de unas cuatro horas, un doctor salió.

Ahora está consciente, pero no es conveniente que hable. Debo comunicaros que le queda muy poco tiempo de vida y que quizás sea la última ocasión que tengan para hablar con él y para despedirse de él, por lo que, si alguna es un familiar, ahora es cuando puede entrar.

Si, esta chica es su hija. Gracias doctor.

Bien, pues ven conmigo señorita.

Miré a Laura con desconcierto. ¿Su hija? Había dicho que era su hija.

Seguí al doctor hasta que me dejó en frente de una puerta con el número 116.

Respiré hondo, y poco a poco abrí la puerta.

Asomé la cabeza, y sí, ahí estaba. Tenía peor aspecto que el anterior día, y se encontraba realmente pálido.

Hola- dije en un tono bastante bajo que quizás él no pudiese apreciarlo- no sé quién es usted. Me han dejado pasar porque mi compañera le ha dicho al doctor que yo era su hija, fíjese que locura ¿no?

Realmente estaba nerviosa, y por mis venas corría aquello a lo que llamamos miedo.

No es una locura Ana. Siento haberte mentido ayer, pero el temor me ganó la batalla.

¿Cómo?- le pregunté asombrada.

Calla- me interrumpió el hombre- voy a morir, y no quiero que sea privándote de tu verdad, de tu vida. Tu madre murió en el parto, como bien te dije, pero tú sobreviviste. Me encontraron un cáncer los médicos y ellos decidieron que no era adecuado para ninguno de los dos que tú te quedaras conmigo, por lo que te llevaron al orfanato y yo… yo no pude hacer nada por evitarlo. Me he perdido toda tu niñez, y ahora que te conozco… estoy a punto de perderme toda tu vida. Sólo espero que nunca olvides que tu madre y yo te queremos mucho y siempre será así.

Yo estaba blanca. No podía creerlo. Sabía toda la verdad…

-        Llegó mi hora. Cuando nos volvamos a encontrar te daremos todo lo que nunca nos dejaron. Adiós.

En ese instante, los ojos se le cerraron. Había muerto.

Por mi mejilla se derramaron dos gotas de dolor, dos gotas del mayor amor que jamás una persona podría sentir hacia otra, dos gotas de añoranza durante todos estos años a unos padres que me quisieran, dos gotas de lamento…

Me acerqué a él, y le di un beso en la frente.

Adiós papá.

Salí de la habitación.

Cuando me encontré con Laura, la abracé.

Después de unos segundos, fuimos hacia el coche.

Antes de que encendiera el motor la pregunté:

¿Cómo sabías que era su hija?

Porque en su casa, vi una foto de su mujer, y tu eras su viva imagen; la misma boca, la misma mirada perdida…

Gracias por todo- terminé diciéndola.

Emprendimos nuestro viaje de vuelta, y volví a mi hotel.

 

Ya ha pasado mucho tiempo desde que ocurrió todo esto, y aún recuerdo la historia como si fuera ayer. Nunca podré explicar lo que sentí en el momento que mi padre me dijo eso, fue algo que nadie conseguiría explicar con ninguna palabra jamás.

Y bueno, hoy soy yo la que padece cáncer, pero con la diferencia, de que yo si he podido disfrutar de la niñez de mi hija Mónica.

 

 

 

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