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SEGUNDO PREMIO DE PROSA DEL SEGUNDO CICLO DE ESO Y BACHILLERATO
UN POETA EN PARÍS Macarena García 1ºB Bachillerato
Queridos amigos, os voy a contar un cuento. Este no es un cuento triste, ni un cuento feliz. Tampoco es uno de esos cuentos que se les cuenta a los niños antes de dormir. Simplemente es un cuento. El cuento de un poeta en París. Lo bueno de los cuentos es que el protagonista podría ser cualquiera de nosotros: no es un Indiana Jones ni un Superman, pero se distingue de todos los demás seres de una forma singular. Nuestro poeta tiene un don: escribir. Da igual si es alto, bajo, rechoncho, delgado, serio, divertido… tiene un don, y lo demás, no importa, no existe. Aunque bueno, pensándolo mejor, hay algo que deberíais saber: nuestro poeta está triste. Muy, muy triste. Y os preguntaréis, con toda la razón del mundo, “¿Por qué está triste?” Pues el motivo es muy simple y muy complicado a la vez: no puede escribir. No es que no tenga lápiz ni papel, entendedme, el pobre no tiene tiempo. Escribir es lo que más le gusta en el mundo, pero todos tenemos obligaciones que cumplir: el trabajo, la familia, los amigos… y nos quita más tiempo del que deseamos. “Ojalá ser ave y cortar los vientos. Ojalá ser pez y surcar el mar. Ojalá… Ojalá ser yo mismo, guiado por mi instinto poder trazar dulcemente los versos sugerentes de tu boca soñar. Ojalá…” Pobre poeta, encerrado en la cárcel del deber mira a través de las rejas su vida pasar. Quiere salir, quiere escapar, quiere correr lejos de ese horrible lugar, pero el deber siempre nos persigue. Mirad a vuestro alrededor y veréis como todos tenemos sueños por cumplir, ilusiones por hacer, por realizar… pero el deber, como fantasma invisible nos atrapa y hace pasar el tiempo velozmente, hasta que vemos como nuestros sueños son solo un pequeño punto en el horizonte a punto de extinguir. Una gran agonía invade día a día a nuestro querido poeta. Quisiera parar el tiempo, aunque fueran solo unas horas, y poder encontrar la paz, y poder plasmar en un papel todas esas ideas guardadas durante años y años, y poder descansar. Pero, queridos amigos, no todos los cuentos son fantásticos, y nuestro poeta no tiene ninguna máquina del tiempo, aunque a menudo sueñe con ella en esas pequeñas horas en las que el deber descansa y podemos cumplir nuestros sueños, aunque solo sea hasta que el trágico despertador nos devuelva a la realidad. ¡Oh maldito despertador! Fatídico despertador que nos anuncia que volvimos a perder otro día y nuestros sueños empequeñecen más y más. Pero nadie repara en eso. Solo nuestro poeta se despierta día tras día, derrotado por el cansancio de luchar y luchar contra el tiempo mientras que su hijo refunfuña por el mal despertar de su padre, sin entender, que los adultos, aunque muchas veces lo nieguen, también tienen sus sueños e ilusiones irrealizables, absurdas incluso, pero que esconden por ese gran miedo a lo que puedan decir. Pobre poeta, además de estar atrapado entre el tiempo y el deber, busca siempre buenas palabras de los demás. Pero nadie puede ser perfecto, y aunque los demás no le encuentren defectos, tiene el mayor defecto del mundo: no ser él mismo, no hacer lo que él quiere. Ya que sólo vivimos una vez y sería una pena desperdiciar nuestra vida en contentar a los demás sin valorar lo que nuestro corazón realmente siente. Oh triste mañana otoñal. Nuestro poeta, sentado en el andén, reflexiona sobre su vida otro día más mientras espera el tren. Pero el deber madruga y tiene poco tiempo para pensar antes de comenzar el trabajo. Y es que había decidido que no iba a perder otro día más sin saber que iba a hacer con su vida. Desde hacía mucho tiempo pensaba en como conseguir ese deseado tiempo para poder escribir. Pero el problema residía en que no podía cortar con todo y desaparecer del mapa, era demasiado cobarde para eso. O quizás no… Oh que bello sería volar lejos de Madrid, dejar el trabajo y las obligaciones e ir a París. Que bello sería vivir en París, la ciudad de la luz, y poder sentarse en un pequeño café, viendo la Torre Eiffel, y garabatear en un par de servilletas unas dulces palabras, de esas que antaño salían de sus dedos como juguetonas hormigas deseosas de corretear a través del papel. Que bello sería sentir como la libertad fluía por sus venas formando un escudo invisible que el deber no pudiera traspasar. Pero aún más bello sería levantarse cada mañana y darse cuenta de que consiguió realizar su más hermoso sueño. En realidad, todo era muy fácil, sólo tenía que salir de aquel maldito andén. Nadie se daría cuenta de su ausencia hasta horas más tarde y, quién sabe, quizás a ese tiempo él estuviera ya en Paris y no pudieran detener su loca aventura. Sí, aquél era un plan perfecto. Sólo tenía que esperar a que llegara el tren y a que las pocas personas del andén que le conocían subieran en él para poder irse sin que nadie notase su ausencia. La espera transcurría muy lenta, casi interminable, y el poeta se desesperaba al ritmo del tic tac del reloj de la estación. Parecía como si el tiempo, previendo sus intenciones, hiciera que el segundero se moviera pesadamente, como si también se acabara de despertar. Fijó su vista en los raíles del tren para no pensar en nada, pues sabía que si no dejaba la mente en blanco, su cobardía entraría en ataque destruyendo su plan de escape, y no podía permitirse eso, no podía esperar otro día más, necesitaba escribir. Necesitaba escribir como nunca nadie antes lo había necesitado. Notaba el peso de esa ausencia en la garganta y desde hace años moría ahogado desde que el despótico tiempo le robó su precioso don, su único arte, que siempre había sustentado su vida, que lloraba sus penas y cantaba sus alegrías. Sin su poesía, el poeta se había ido marchitando lentamente hasta que el deber, aprovechando su debilidad, había irrumpido en su vida cerrando cualquier posibilidad de recuperarse. Hasta hoy. Hoy vencería a sus dos grandes enemigos después de tantos años de dolor. Hoy nadie podrá hacerle callar, porque hoy romperá su silencio, y lo abandonará todo para correr la mayor aventura de esta vida: empezar desde cero. El megáfono anunció la entrada del tren en la estación. El poeta, expectante se levantó silenciosamente dispuesto a llevar a cabo su magnífico plan. Pero, de repente, un gran vacío se apoderó de él sobrecogiéndole. ¿Y su familia? ¿Y sus amigos? No dejaba sólo las cosas malas sino también muchas cosas importantes. Eran personas a las que quería con toda su alma, por las que daría su vida, pero… ¿daría por ellas también su sueño? El tren apareció enfrente del poeta y aquella pregunta se quedó en el aire durante unos mínimos instantes hasta que de pronto desapareció. No necesitaba darle una respuesta porque su corazón se la susurró dulcemente al oído. Se la había susurrado durante toda su vida. Días más tarde, el poeta bajó las escaleras y se sentó en el mismo andén de siempre. Sin embargo, no estaba triste. Irradiaba una felicidad que no sentía desde hacía mucho tiempo. Había logrado escribir. Pero, lo que es más importante, había comprendido que las personas a las que quería son las que verdaderamente tienen importancia y había logrado cumplir su sueño sin dejarlas al margen. Pues el segundo gran defecto que podemos tener es el de no compartir nuestra alegría con los demás. Puede que sólo pudiera escribir en esos cinco minutos que tardaba el tren en llegar al famoso andén, pero los prefería a pasar el resto de su vida en París con toda la libertad del mundo, pero sin poder compartir el resto de su tiempo con aquellos a los que amaba. Y aquí, queridos amigos, termina el cuento de un poeta en París, pero comienza otro que tiene mucha más importancia, el cuento de nuestras vidas.
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