Colegio Zazuar

 
 

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*** CONCERTADO EL SEGUNDO CICLO DE EDUCACIÓN INFANTIL Y TODOS LOS NIVELES DE ENSEÑANZA OBLIGATORIA***

 

XVII CONCURSO LITERARIO
 

 

NIVELES EDUCATIVOS
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ACT.COMPLEMENTARIAS
ACT.EXTRAESCOLARES
ACT.CULTURALES
ACT.DEPORTIVAS
SERVICIOS
CURSO ESCOLAR
SECRETARÍA
NUESTROS ALUMNOS
ANTIGUOS ALUMNOS

PRIMER PREMIO DE PROSA DEL SEGUNDO CICLO DE ESO

Y BACHILLERATO

 

DESCANSO

Elisa Campos 3ºA E.S.O.

 

Ni siquiera mi llanto desconsolado salvaba a mi hijo de aquel mal sueño. Era prácticamente imposible, pero yo aún tenía esperanza.

Su niñez aun con la ausencia de su padre, parecía haber sido feliz. Y Ahora echando la vista atrás, no conseguía ver en qué me había equivocado.

La habitación de la clínica era fría, el olor a agua oxigenada y a desinfectante no hacía más placentera mi presencia. Pero eso era lo que menos me importaba, solo quería encontrar a la persona que incitó a provocar la muerte a mi hijo, aunque fuese demasiado tarde.

Otra cosa que me preocupaba, era su padre, llevaba tres días ingresado y no se había dignado a ir a verle. Estaría demasiado ocupado en el bar, como para preocuparse de la batalla entre la vida y la muerte en la que mi hijo estaba sumido.   

Las clínicas de desintoxicación no habían dado su fruto. Los ahorros de una vida de limpiar escaleras, unas promesas maravillosas acerca de su limpieza interna, y una sonriente azafata detrás de un mostrador asegurándote que tu hijo no volvería a las andadas, no eran más que mentiras sin piedad que no se cumplirían.  

Siempre el mismo final, una habitación de urgencias tras una tremenda recaída. Pero nunca  tan grave como esta vez.

Ya no me quedaba nada, había vendido la casa, los muebles, sacaba de donde no tenía, pero el dinero se iba siempre por el desagüe, más rápido de lo que llegaba.

Podía notar que una estruendosa sensación de rabia me recorría todo el cuerpo y me quemaba la garganta, mi hijo se moría, estaba sufriendo, y no se podía hacer nada.

Entre toda esta trenza de pensamientos de odio que me escocían en el alma, una enfermera interrumpió mi silencio externo. Venía a cambiarle la bolsa del suero.

Mi hijo se despertó sollozando, describía con su mirada punzadas de dolor, no articuló palabra, pero yo sabía perfectamente lo que me quería decir; le sudaban las manos, estaba nervioso, tenía la boca seca, sus dolores eran cada vez más fuertes…

Pero qué ha de hacer una madre ante esta situación, me sentía insegura, impotente, frágil… me quedé en blanco y simplemente vi como la enfermera salía de la habitación. 

Pero mi hijo seguía allí, me agarró la mano y un grito se ahogó en sus labios. Yo sabía lo que quería, conocía su sufrimiento, y que la muerte iba a ganar su batalla lentamente, sin piedad, con dolor, era una verdad inevitable… pero la cobardía no me permitiría reaccionar.

Entonces el odio, la rabia, y sobre todo el amor de mi hijo me hicieron abandonar a esa persona cobarde, y salió de mí, una desconocida.

Iba a hacerlo, mi hijo no soportaba el dolor, y con mis manos temblorosas cogí lo que él nunca tenía que haber cogido, y le inyecté una dosis muy superior a la que él estaba acostumbrado, solté la jeringuilla enseguida y me tiré a sus brazos, su dolor cesaba, su ansia se calmaba y tras darme las gracias, su vida se esfumó para siempre.

Y ahora desde el patio de la cárcel, cumplo condena por calmarle el dolor a mi hijo. Darle la paz que siempre se ha merecido, y pese a todo siento sosiego en mi alma.

 

 

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