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SEGUNDO PREMIO DE PROSA DEL PRIMER CICLO DE ESO
EL PODER DE UNA CARTA Zaida Gutiérrez 1ºB E.S.O.
Era una noche oscura, lluviosa, en medio de una guerra que parecía no tener fin, el carruaje del gobernador salía de una pequeña callejuela que se escondía entre la niebla de la noche , lo único que se oía era el trotar de los caballos. El carruaje salió de la calle y giro a la derecha. Hasta donde la vista me llegaba alcanzar pude ver como una carta caía. La carta, blanca como la nieve únicamente interrumpida por un sello rojo que la cerraba, se deslizaba hasta el húmedo suelo. Antes de que pudiera reaccionar, el carruaje se había ido y me encontraba sola ante la carta. Rápidamente supe que algo tenía que hacer: ¿Qué opción? Me pregunté a mí misma, estaba en la oscura noche eso no me asustaba, más me asustaba saber qué ponía en esa carta que tanto me hacía pensar. Cuando llegué a casa la deposité en la mesa y me prometí que no la abriría hasta mañana, cuando supiera qué podía hacer. No lo cumplí. Cuando me iba a ir a mi cama miré por la ventana, vi los camiones militares recogiendo a unos críos de tan solo quince años para llevárselos a tal infierno como la guerra, una lágrima me recorrió la mejilla y fui al salón, cogí la carta, la abrí y no pensé cuáles serían las consecuencias hasta que leí la primera línea. Mis ojos no creían lo que veían y otra lágrima me corría por la mejilla de nuevo. Mi mente me decía que no podía ser verdad lo que estaba leyendo, pero mi corazon en un puño me decía que los hechos son como las imágenes, valen más que mil palabras. Corrí otra vez hasta mi cuarto, sabía que esa noche mi vida había cambiado, volví a mirar por la ventana y me encontré con una imagen, un pueblo caído en la desgracia de sus gobernadores, su codicia nos había llevado a esa situación de guerra, más de la mitad del pueblo lloraba las pérdidas de familiares, hermanos e inclusos hijos. Me vestí, me armé de valor, cerré la puerta y baje las escaleras, una presencia me parecía rodear pero no le preste atención, únicamente creí ver una sombra, no perdí el tiempo corrí y corrí hasta que mi cuerpo lo permitio, llena de rabia y sudor me guarde la carta . De repente oí una voz, parecía nerviosa pero potente, recorriéndome un escalofrío por el cuerpo supe que nada bueno me traía su compañía, me di la vuelta y vi a un hombre alto y delgado, con una cara fría y cruel. Sacó un rifle, otro hombre le interrumpió, tenía rasgos asiáticos, era de pequeña estatura y su vestimenta marcaba claramente su aspecto oriental. Se cruzaron las miradas, unas miradas que transmitían miedo, fue en ese momento cuando corrí de nuevo calle abajo. El rifle resonó, sabía que otra vida se había perdido. Cuando creí haber escapado volví a oír aquella voz potente, esta vez aún más nerviosa, al oír esas palabras mis ojos se llenaron de terror, y el desprecio con el que pronunciaba aquellas palabras tan amargas te hacían armarte de valor y enfrentarte, no sé si por la dignidad de cada una de las personas a las que trataba únicamente como números, daños colaterales que eran necesarios para conseguir algo que no nos pertenecía. Otra voz que parecía lejana intervino, la primera vez no le entendí, pero la segunda supe que lo que transmitía era una sensación de seguridad y de calor que me hizo salir de aquel oscuro callejón por un momento. Seguí a la voz cálida a través de callejas y callejones, estaba ahogada y empapada en sudor, al llegar donde la luz permitía ver con claridad, miré su rostro, era bondadoso y agradable. En ese momento saqué la carta y se la mostré, al abrirla vi como sus manos temblaban, al coger la carta y leer parte de ella levantó la mirada y dijo: “Esta carta debería estar en manos de quien de verdad puede parar esta guerra, acompáñame y vamos a entregarla”. Después de andar un par de horas llegamos a una casa a las afueras de la ciudad, donde esperaban un grupo de hombres y mujeres. Parecía que nos estaban esperando, les hice entrega de la carta, su lectura les cambio las caras, !SABÍAN QUE HABÍAN FRENADO LA GUERRA! |
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